1 de abril. Una guerra ha terminado, cautivo y desarmado el ejército rojo, derrotada la carga de los bolcheviques sobre España, donde amanece la era de la Victoria.
España, siempre España, siempre en la vanguardia del mundo, acaudillando la civilización cristiana, paladín de las esencias espirituales de Occidente, reserva de los valores que construyeron la civilización europea.
España, siempre insurrecta contra cualquier poder extraño que pretenda subvertir y destruir nuestros valores, tradiciones y creencias, todo el patrimonio identitario que conforma nuestra esencia como nación.
España, donde tuvo que acudir el mismo Augusto en persona para acabar con la resistencia norteña, hasta el punto de que nuestra conquista duro más de doscientos años.

España, que acometió la titánica empresa de arrojar de nuestro territorio la invasión de la morisma que amenazaba nuestro cristianismo, empresa que nos llevó 8 siglos, hasta que el 1 de enero de 1492 los Reyes Católicos proclamaron que «cautivo y desarmado el ejército moro, las tropas españolas han alcanzado sus últimos objetivos militares: la Reconquista ha terminado».
España, que se sublevó en las Comunidades contra el mismo emperador Carlos V para recuperar sus esencias nacionales, amenazadas por su depredadora corte extranjera.
España, que acaudilló la lucha contra el protestantismo, desviación del catolicismo dirigida por la conspiración gnóstica que se enfrenta a la Tradición de la Iglesia desde el principio de los tiempos. Protestantismo ya plenamente inserto en las maquinaciones del Nuevo Orden Mundial, en el que tienen desde hace mucho su nicho religioso.

España, nación elegida para derrotar a la invasión francesa, que se levanto en armas contra Napoleón en incontenibles cargas contra sus mamelucos, no solo para defender su integridad territorial, sino para derrotar a la ideología revolucionaria de origen masónico que quería destruir nuestras esencias patrias.

España, 1936, nuevamente elegida para defender la civilización occidental contra una nueva amenaza, la del bolchevismo rojo. Igual que tuvimos un 2 de mayo donde iniciamos una guerra popular contra las ideas masónicas de la Revolución Francesa, el 18 de julio de 1936 la España tradicional, la España de siempre se rebeló contra la ideología marxista con la quería destruirnos otra Revolución, la rusa de 1917.

A impulsos de un pueblo que luchaba por su identidad, por sus valores, por sus tradiciones, por sus creencias, por la civilización que tanto habíamos contribuido a crear, España asumió nuevamente la tremenda responsabilidad de ser adalid en otro apocalíptico y heroico combate contra las puertas del infierno, contra las legiones sombrías con las que el Señor de las Moscas quiere gobernar el mundo en su NOM.
Franco era plenamente consciente de que nuestra Guerra Civil no era simplemente un conflicto nacional, ya que revestía una «grandiosidad histórica y de lucha trascendental de pueblos y civilizaciones. Una guerra que ha elegido a España, otra vez en la Historia, como campo de tragedia y de honor, para resolverse y traer la paz al mundo enloquecido hoy» (Salamanca, 19 de abril de 1937).
En la conmemoración de los dos años del Alzamiento Nacional, afirmó que «Al celebrar en este día la conmemoración del Alzamiento Nacional no glorificamos sólo un hecho que interesa a la vida de España. Se trata de una fase de la Historia del mundo que corona el proceso de la revolución bolchevique; que teniendo por escenario nuestro solar, nos corresponde el paladinaje de una fe, una civilización y una cultura, gravemente amenazadas por los principios rojos comunistas».

Mas no somos los conejillos de Indias en los armageddones donde combaten la luz y la oscuridad; no somos las malhadadas víctimas de una conspiración contra nosotros que nos echa encima las devastadoras plagas con las que el NOM conspira contra la civilización cristiana desde el comienzo de los tiempos. No es nuestro karma, ni la mala suerte, ni un destino azaroso y caprichoso donde siempre nos toca ser la avanzadilla de la civilización occidental contra sus enemigos.

No. Es verdad que ese combate armageddonico contra las cabezas de la Hidra de Lerna –mitológico monstruo que derrotó Hércules en uno de sus dice trabajos, el cual tenía varias cabezas que, al serle cercenadas, se regeneraban inmediatamente, y que precisamente guardaba una de las entradas al inframundo– del NOM es nuestro destino en lo universal, pero, si nos han elegido como protagonistas pioneros de esa lucha es porque ninguna otra nación está capacitada para acaudillar ese conflicto perenne entre el Bien y el Mal, porque siempre hemos demostrado valor y arrojo en esas luchas, que han formado el corpus legendario de nuestra historia como nación.
No debemos olvidar esto, ahora que la Hydra nos ataca con otra de sus cabezas, la nueva versión con la que el luciferino NOM quiere destruir la civilización cristiana occidental. Pero ahora vienen sin máscaras, sin disfraces, sin encarnarse en ninguna ideología ni movimiento político que les sirva de pantalla. No: ahora las fuerzas de la oscuridad vienen como «pensamiento único», como «pensamiento políticamente correcto», desencadenando sobre España una feroz ofensiva a lomos del populismo podemita: antiespañolismo, multiculturalismo, anticatolicismo, ideología de género…

Estamos en guerra otra vez, y otra vez el destino y la Providencia nos han dado la misión de vencer, en nombre de la civilización occidental, a las fuerzas del mal.
Al final de la película «Las bicicletas son para el verano», que se desarrolla en el Madrid asediado por las fuerzas nacionales, un padre le dice a su hijo que «No ha llegado la Paz: ha llegado la Victoria».
Mas ahora, al cabo de 80 años, no ha llegado la Victoria: ha llegado otra vez la Guerra.

Y nadie nos salvará, ya que esta contienda no tendrá ejércitos, ni generales, ni trincheras. Deberemos ser nosotros, los españoles de siempre, los auténticamente patriotas, quienes defendamos nuestro patrimonio espiritual, histórico y cultural ciudad por ciudad, calle por calle, casa por casa, escuela por escuela, parroquia por parroquias, mientras cantamos al NOM aquello de «¡No pasarán!».

Tenemos una alta responsabilidad, una vez más, ante la historia, ante la civilización, ante nuestros hijos: que España sea la tumba del Nuevo Orden Mundial, donde las huestes luciferinas sean derrotadas para siempre, y arrojadas eternamente al inframundo del que provienen.

God save Spain.

ESPANA-RESUCITA