Vengo a hablaros de España.

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De esta España que, a pesar de los esfuerzos dialécticos de nuestra casta política o gobierno oficial de turno, nada tiene de nueva. Diríase que la novedad de hoy es lo que ayer resultaba enfermo, viejo y caduco. Lo que había quedado arrumbado en la trastienda de la Historia. Lo que servía como indicativo o referencia para establecer la comparación necesaria y saber si íbamos por el camino recto de un futuro mejor o habíamos caído en el ensimismamiento o en la abulia, en la pereza o en la fatiga, en el olvido o la traición.

Muchos progresistas de ahora, algunos con un rancio olor totalitario o con su insufrible abolengo inquisidor e intransigente, se apresuran a buscar un falso entendimiento en una España que, en cierto modo, vive en ruina moral y física. En una España que ha arriado su legítimo y soberano orgullo y se ha convertido en un pueblo menesteroso que mendiga de Cancillería en Cancillería el entendimiento y el perdón ajenos; de una España que asiste al derrumbamiento de sus viejos timbres de gloría y en la que es fácil contemplar la comisión de todo despropósito o arbitrariedad.
Nosotros que hemos contemplado, no sé si con amargura o estupor, cómo los políticos a sueldo derribaron nuestro sistema y fue entregado dado vía libre en la Patria al comunismo y a sus más lóbregas y arcaicas figuras. Los muertos son testigos de cargo para el veredicto final de esta insólita y, en cierto modo, irresponsable etapa
política de la historia contemporánea. Nosotros habíamos superado los enfrentamientos, los rencores y las diferencias, pero todo ello sin olvidar la exigente presencia de quienes ofrecieron su vida a Dios en el altar de la Patria. Jamás exhumamos sus cenizas como índice de acusación, pero hoy tiene que estremecernos el que el borrón y cuenta nueva haya llegado en su ingenuidad o en su villanía a proclamar héroes a los asesinos y a cerrar con siete definitivas llaves los sepulcros de sus víctimas.

 

Nosotros estamos en el secreto de que el mundo, a vuelta de todos los pactos imaginables, de todas las negociaciones posibles, de todas las tolerancias evitables o inevitables, no podrá quitarse de encima la amenaza del comunismo salvo mediante el proceso de superación o de asimilación, como queráis, que nos marcó José Antonio. Tampoco se engañaba Francisco Franco en este orden de cosas.
He aquí uno de sus dictámenes sobre una materia tan decisiva para la historia inmediata del mundo: \»Frente a este viejo complejo político del Occidente, ¿qué es lo que el adversario le enfrenta realmente? No hemos de caer en el tópico de que es malo y nefasto todo lo que el comunismo representa. Algo tendrá cuando atrae, arrastra y cautiva. No se trata de una entelequia, sino de una viva realidad con un inmenso poder de captación. No son, desde luego, ni su materialismo histórico, ni su ateísmo desenfrenado, ni la negación de la libertad y los derechos humanos, ni su imperialismo, crueldad y mentiras lo que atraen y cautivan. Son su resolución, su acción subversiva de cambiar un orden que no gusta; la bandera eminentemente social que engañosamente enarbola; son las pasiones que alienta y explota, la eficacia con que se presenta; el deslumbramiento de su fortaleza y de sus realizaciones. Todo lo otro, la negación de las libertades, la esclavitud, los campos de concentración, queda sepultado bajo la máscara, de las propagandas\».

El momento histórico en que nos ha tocado nacer, se caracteriza por su aire espeso, una atmósfera casi irrespirable para los pulmones de los Españoles sanos que aún se mantienen de pie, fieles a su orígenes, leales al España a su Tierra, y a la voz invisible de sus muertos y antepasados sobres los que otros han escupido miserablemente.
Fieles a sí mismos y a sus compatriotas, así erguidos vemos a nuestro alrededor como todo se derrumba, degenera y corrompe. La tradición, el amor a la Patria, los valores elevados, la familia y el matrimonio, todo ha sido subvertido. Por debajo, los hombres son alienados los unos contra los otros por arriba, son alejados de lo trascendente e incluso de sí mismos, pues son arrojados al desconocimiento, a los vicios y a la autodestrucción.
Asistimos en primera persona a la destrucción de España.
Ya no existen españoles sino “ciudadanos”, ya no existe España sino “este país”,
Esta conjura moderna impregnada casi por completo por el espíritu marxista todo es categorizado bajo las columnas del debe y el haber. El los españoles ha sido ahogado en una montaña putrefacta de ideales individualistas, materialistas, hedonistas, progresistas, igualitarios y cosmopolitas, el veneno del desarraigo ha sido lanzado para debilitar a nuestra patria.
En este proceso depravado, todo aquello que poseía un valor para nosotros, está siendo desmantelado, ya no más Patria, ya no más familias, ya no más respeto, ya no mas dignidad, ya no mas raza ya no más fronteras patrias, ya no más tradiciones, ya no más Dios cristiano, ya no más Arte elevado, ya no más heroísmo, ya no más honor, ni fidelidad, ya no más idealismo. En esta España nauseabunda con olor a droga todo se compra y todo se vende. Se compran voluntades, se venden almas…
En estos tiempos de oscuridad, la hipocresía es la reina absoluta. Los mismos que hacen ejercicio solemne de la “memoria histórica” por las guerras pasada, Ignorar la historia. Se habla de crear la Paz y se planifica la guerra, se habla del progreso mientras todo va hacia la decadencia más profunda.
Los gobernantes “democráticos” traicionan a su pueblo en pos del beneficio propio y de los amos del Capital Internacional. Este fraude “democrático” no funciona y no funcionara porque el pueblo solo tiene el derecho de elegir dentro de un grupo de candidatos del régimen previamente seleccionados.
Represente sus intereses y no los del pueblo español.
Nuestros políticos prometen cosas que jamás cumplen, dicen una cosa y hacen otra, su “lealtad” va con quienes financiaron sus deudas. Los trabajadores y los ciudadanos honestos soportan por su lado, la dura carga de todos los impuestos, los suyos propios, los de los ricos que evaden, los de los pobres (que no pagan) y los de extranjeros que vienen a explotar la riqueza nacional y son beneficiados por el gobierno con la exención de los mismos. Los servicios de salud públicos están colapsados, los servicios de educación son deficientes y forman a los individuos en la Ignorancia de todo aquello que es fundamental en la vida, las universidades enseñan de manera erudita no solo a soportar y aceptar la opresión, sino también a formar parte del ejército de peones intelectuales del nuevo régimen “democrático”.
Un Sistema caracterizado por la plutocracia con la partidocracia coronada. Lentamente, con nuestro perjuro y traidor, el rey tuerto guiando la multitud de ciegos. Nuestro enemigo avanza hundiendo a todos en el más inmundo lodo.
Así los españoles trabajadores y honestos son explotados en sus propios territorios, por extranjeros y por sus propios gobernantes. El hombre debe vivir enjaulado en su propio hogar pues los únicos libres son los delincuentes y los estafadores. Y a pesar de los avances tecnológicos y el confort moderno occidental, los índices de suicidios aumentan año tras año.
El español honesto y trabajador debe cuidar a su familia y sus hijos de un ambiente hostil rodeado de crecientes injusticias, drogas, muerte, caos, suciedad, depravación y desolación. Esta es la realidad española, estos son los resultados de la “democracia” parecido al de todo occidente. Las juventudes son envenenadas y embrutecidas con el alcohol, las drogas, el libertinaje sexual siendo dirigidas hacia la degeneración. A los gobernantes democráticos poco les importa la salud física y mental de sus ciudadanos, se legalizan drogas, vicios y abortos. Tenemos el privilegio de vivir en un mundo “recreativo” donde cada uno puede gestionar su propia irresponsabilidad, y si no se siente feliz en este Sistema puede canalizar sus frustraciones por el camino más corto: la auto-eliminación. De este modo se evita causar trastornos revolucionarios que desestabilizarían la estructura “democrática”. Es mejor tener a los desconformes muertos o drogados que formando filas revolucionarias.
La Televisión se ha convertido en un centro de lavado cerebral que ni el más poderoso de los sistemas tiránicos hubiese soñado. Con la televisión nuestros “democráticos” tiranos , los grandes políticos mesiánicos que manejan todos los hilos de la propaganda y los medios de comunicación masivos, señalan quienes deben ser condenados y quienes deben ser aplaudidos, que ideas deben ser abrazadas y cual deben ser rechazadas, por cuales actitudes debe uno avergonzarse y por cual enorgullecerse. Las masas idiotizadas obedecen por sugestión. De esta manera han logrado que sea ilegal cuestionar esta farsa este “régimen político” l, pero no hay problemas si se cuestiona a cristianos, o al mismo Dios. ¿Quiénes valen más? ¿Qué es considerado un sacrilegio en el Sistema opresivo en el que vivimos? ¿A quienes benefician las leyes imperiales de hoy? No se habla de sogas en la casa del ahorcado. Se habla de libertad de expresión, siempre y cuando no se hable de la cuestión “democrática”, o de la cuestión nacional. Así los corderos obedientes agachan sus cabezas y son obligados a seguir los estándares de lo políticamente correcto, sin siquiera soñar con un debate libre. Finalmente los que intentan desafiar la farsa usando sus propios cerebros, divisando las contradicciones dialécticas del propio Sistema, son señalados por la Televisión como criminales fascista. Una turba de escritorzuelos a sueldo denominados “periodistas” caldea los ánimos creando la opinión pública; los parlamentos, gobernados no por el pueblo, sino por los intereses extranjeros, y ala mínima se apresuran a ilegalizar a los “herejes”.
Se permite a una banda de “rojos” hacer apología, del terrorismo, el marxismo, y a la eta, pero se encarcela a historiadores y se cierran librerías dedicadas a difundir material “disidente”. Esto sucede en estas “democracia”, donde la “libertad es asegurada”, los hombres no observan todo lo que sucede a su alrededor porque su atención está focalizada y alienada hacia el programa de momento que la Televisión tenga para mostrar. La reinvención de la historia o en el mejor de los casos el simple cotilleo de turno.
Hay ciertas cosas que al periodismo se le tiene vedado mostrar e investigar… Y sesgar la información que se muestra es sesgar la realidad misma, es manipular la libertad de pensamiento, que es lo mismo que gestionar la esclavitud mental para inhibir el libre albedrío. En este fraude político se publicita la libertad y nos terminan vendiendo opresión camuflada. La muchedumbre se queda mirando al político. Nos han vendido solo ilusiones, solo espejismos.
Los Españoles están cansados de esta farsa “democrática””transistorizar”, pero no saben por si mismos salir del lodo, pues se le ha enseñado que el lodo es placentero, que es su hogar y que deben comerlo y defenderlo; se les ha hecho creer que si existe algún problema de intoxicación, todo puede ser solucionado con un poco más de lodo…
Nosotros que poseemos no una mente más lucida, sino un olfato más entrenado y un estómago más refinado, estamos en un nivel de entendimiento más diáfano, tenemos la responsabilidad de crear una España mejor más justa para nuestro pueblo.
Nosotros que nos hemos liberado a nosotros mismos, debemos ser los liberadores de los españoles.
La mentira, el engaño y la hipocresía deben llegar a su fin.
Vivimos en un Sistema cuyos pilares están sostenidos por la mentira y el engaño. La llamada transición fue una traición en FRAUDE DE LEY por tanto carecen de legitimidad de origen.
El ciudadano corriente, por su carácter simple, cae fácilmente presa del mismo, pero los verdaderos hombres librepensadores Españoles comienzan a preguntarse sobre las contradicciones que observan, sin dejarse llevar por lo que se dice “en todos lados”. Dentro del ciudadano pero que es español están aquellos a quienes debemos liberar. Pero no debemos esperar gratitud de su parte, sino todo lo contrario, ellos están alienados colectivamente, entrenados para defender el statu quo. Nuestro camino no debe ser el de la mera queja estéril en el mundo virtual, sino que se debe ser llegar al Poder para revelarles a los espadones determinadas verdades que les han ocultado. No hay otro camino efectivo.
¿Cómo es posible que en la Democracia donde supuestamente se garantiza la libertad de expresión sea condenado por ley! el opinar o mostrar inquietudes sobre determinados temas?, ¿Cómo es posible ver a estos “demócratas” luchar solo de palabra contra el racismo y la discriminación, mientras que ellos mismos en los hechos son los más racistas y discriminativos del mundo actual?. El doble discurso siempre ha sido amigo del Opresor. Y así es permitido juzgar eternamente contra el régimen nacional de Francisco Franco, pero no es permitido hablar ni debatir sobre los poderes fácticos del régimen político actual., ni es posible hablar de muchos determinados temas.
Mientras la atención del público ingenuo sigue atenta con sus ojos las pantallas titilantes que les muestran “de enemigo” a Franco, y los museos itinerantes y los monumentos de los “democráticos” del frente popular, los marxistas criminales de la republica revolucionaria, los racistas independentistas de hoy continúan impunes ante las leyes, cometiendo, fraudes, estafas y crímenes contra los españoles.

Una España liderada por esta casta política, ha llegado al extremo de poner en juego la supervivencia de España, y a la población española a España en sí misma. Esta casta opresora deberá ser juzgada por la historia, mas no tiene perdón. La depredación de la patria, el adoctrinamiento masivo, el aborto indiscriminado, la destrucción y desequilibrio de los españoles, el exterminio la población española por la baja natalidad… El “régimen político actual” se ha transformado en la peor plaga jamás antes vista en España, peor que las guerras. Hemos dejado los destinos de nuestros pueblos en manos de criminales.
Los ciudadanos no saben gobernarse, no saben hacer uso responsable de su voto. Por ello nosotros, los Españoles reales, que conocemos el camino autentico y verdadero del que nunca debimos de salir y los grandes secretos, tenemos una gran misión renovadora y restauradora. Sobre esta España en ruinas, nosotros construiremos una patria más justa para vivir, un lugar más digno para nuestros hijos del presente y del futuro y la posteridad-
Ningún cambio llegará solo, sino que dependerá del trabajo activo y coordinado, la lucha constante y sacrificada que nosotros mismos estemos dispuestos a brindar por España.
No luchamos por dinero, no luchamos por Poder, no luchamos por necesidad; nosotros luchamos porque es nuestro Designio con nuestra patria, porque lo consideramos correcto, porque creemos en el Honor, en la Hermandad, en la justicia, en la Lealtad y el Destino Luminoso de nuestra historia.
Mientras las muchedumbres piden derechos, nosotros asistimos voluntariamente al llamado del Deber. Es un camino estrecho y poco transitado, un camino peligroso contra enemigos poderosos, nuestra lucha es una lucha heroica. Nuestros ejes son el amor y el heroísmo, el sacrificio por aquello que consideramos el sentido de nuestras vidas.
La Historia ha sido reescrita, está llegando el momento que nos toque escribir el primer capítulo de una nueva España o verdadera España. Y aunque muchos hombres nos desconozcan, o incluso no comprendan en profundidad nuestra causa, nosotros estaremos dispuestos a sacrificar nuestras vidas individuales por un futuro mejor para todos los españoles.

 

Pero ya veis que los políticos de ahora como los de la transición parecen ignorar estas cosas. Quizás pensando en ellos, afirmó el Caudillo, catorce años antes de morir, que \»el comunismo en sus propósitos no descansa, pero el comunismo tampoco está solo; tiene, como solemos decir, sus \»compañeros de viaje\»: los que le han
abierto camino y se lo siguen facilitando al convertirse en cajas de resonancia de las consignas comunistas; los que, inconscientes, apasionados por sus políticas ateas, acaban haciendo la política que el comunismo necesita. Este es el peligro de esta hora y en el que tenemos que estar apercibidos para defendernos\».
Yo vengo, de alguna manera, a poneros en pie de lucha; a deciros que si de nuevo el comunismo ha tomado cotas y posiciones en la entrañable tierra de España, seremos
nosotros los primeros en formar en la vanguardia para evitar que otra vez corra la Patria el riesgo, acaso ya definitivo, de dejar de ser España para convertirse en un nuevo satélite al servicio del imperialismo neocomunista.

Nuestro tema se llama España. Nos ocuparemos de él aquí, Vamos a proclamarlo aquí: la Patria es indivisible. Su unidad es sagrada. Su nacionalidad, única.
No pretenden la exaltación de cuanto es peculiar en las regiones; pretenden utilizar a esta región Contra España porque lo que estorba, lo que molesta, lo que cuenta con la enemiga histórica de muchos pueblos y de muchas gentes, de más allá del Pirineo, es la unidad, la fortaleza, la hermandad y la grandeza de España.
Voy a deciros, abiertamente, que la política actual no nos gusta. No nos gusta porque ha equivocado el camino de la convivencia y de la pluralidad para dar paso al imperio de quienes, con un autoritarismo y una beligerancia inadmisibles, no hacen sino pronosticar y practicar la ruptura y el revanchismo con un Régimen que gozaba de tanta legitimidad como cualquier otro del mundo. En esto, como en tantas otras cosas, hay que ser fríos y serenos; hay que ir al análisis y no a la pasión. En España hubo una contienda civil, una contienda que, por sus excepcionales características, fue elevada por el Magisterio de la Iglesia a Cruzada de Liberación.
Digamos firmemente que la llamada guerra civil fue una lucha ideológica, una confrontación doctrinal. No venció un bando. No venció media España sobre otra media
España. No vencieron unos hombres sobre otros hombres: venció un concepto de la vida y de la historia.

En razón de esta realidad incuestionable nunca nos opusimos nosotros a la natural evolución de la sociedad en cuanto a su estructura administrativa, económica, social y política se refiere. Todos los sistemas son susceptibles de mejora, y el nuestro, que nunca fue estático ni inmovilista, necesitaba muy profundos retoques para inaugurar el nuevo tiempo.

No se hizo así. Se ha hecho todo lo contrario. Se ha dado carta de naturaleza, patente de libre circulación y aire de novedad y victoria al entendimiento, a la ideología, a la filosofía que fue derrotada. Se han invertido los términos. Como veis, no se trataba de cambiar unos hombres por otros: los hombres son sustituibles; las ideologías, no. Las ideologías son superables y perfectibles, pero no pueden ser arrinconadas, ocultadas ni encarceladas. Basta que os fijéis en la dialéctica de estos años o meses, en la dialéctica del cambio, para que veáis que no se han elevado palabras o exaltaciones en defensa de la justicia, sino en defensa de la libertad. Pero, ¿de qué libertad? ¿De la libertad, por ejemplo, de los obreros dejándoles sin derecho a trabajaren o en el mejor de los casos indefensos frente a la explotación, para llevar a sus casas el jornal que sus familias necesitan? ¿De la libertad de los empresarios, forzándoles a dejar en paro a cientos de obreros por no poder acceder a unas peticiones hechas con el fin exclusivo de llevar a la empresa, y con ella a España, a la ruina y al desastre? ¿De la libertad de la familia como unidad de convivencia insustituible? ¿De la libertad del hombre a secas?…
No les importa los trabajadores. No les importan los empresarios. No les importa la familia. No les importa el individuo. Lo que les importaba era hacer que

aquella filosofía política, vencida y derrotada, fuese restablecida en España. Esto no se ha hecho así con el afán de reparar agravios o liberar cautivos. Esta cobarde, insólita rendición sin condiciones ni enemigos se ha resuelto para que supervivieran en la nueva etapa aquellas criaturas del franquismo que en nada
creyeron, que nada arriesgaron y que quieren aparecer en la transición como los fieles custodios del sistema liberal abolido por el Régimen del 18 de Julio.
La última gran victoria de España fue precisamente el haber derrotado al comunismo internacional en suelo español y ser, de esta suerte, el único pueblo del planeta
que supo liberarse con arrojo, sangre, dolor y luto de la tiranía soviética. Eso hizo posible el más largo y fecundo tiempo de paz de nuestra historia. Entregar sin resistencia ni honor esa victoria es el único acontecimiento memorable que pudieron anotarse los políticos del \»cambio\». ¿Que seguirán entregando?
¿Qué clase de democracia vamos a esperar si se llama al pacto y a la negociación y se facilita el terreno de juego a quienes son los más antiguos y conjurados enemigos de la libertad del hombre, de los pueblos y de la propia democracia? No es necesario ser cabalista ni hay que recurrir a horóscopos para pronosticar que sin una fuerza nacional coherente, en los próximos parlamentos, el Gobierno de la nación quedará limitado a una rigurosa provisionalidad, a una provisionalidad absoluta y desequilibrada por la natural complejidad de los problemas actuales. De ese parlamento, de ese período de \»elaboración\»legislativa, no sólo saldrá una nueva Constitución: también puede salir un nuevo Régimen y una nueva forma de Estado. Esto es, podemos ir a una nueva República, a una República, acaso, de signo federalista, que debilitará hasta la extenuación la España heredada. No es que nos acostásemos monárquicos y nos levantásemos republicanos, porque en esta ocasión parece elaborarse brazo, a pulso, ese nuevo giro político e ideológico para España. Quisimos una nueva Monarquía fiel a los principios jurados pero,

Estamos en trance de ir a una vieja República.

 

No nos revolvemos contra eso porque suponga el aniquilamiento total del Régimen instaurado el 18 de julio de 1936. Ni porque equivalga a un vacío político tras un largo período constituyente o porque se niegue toda legítima comparecencia de los sectores, instituciones y personas vinculadas al Régimen anterior. Nos oponemos a esa maniobra porque con ella perderá España, y con España la justicia social, y con la justicia social los trabajadores y los empresarios y la libertad individual y colectiva de los españoles y de las entidades naturales y porque jamás sabremos quién manda, aunque tendremos la conciencia de que se nos manda y se nos dirige a larga distancia, bajo el imperativo de la Internacional Marxista o de la Internacional Capitalista, bajo la potestad de una u otra entidad extranjera. Y a eso sí nos
negamos, y yo creo que con alguna razón y algún derecho.
Todo lo que pueda tener de doloroso este espectáculo lo tiene también de increíble, de absurdo. La inmensa mayoría de nuestros compatriotas no saben a qué carta quedarse ni qué postura adoptar. Muchos suponen que el suicidio colectivo se evitará porque la cordura se impondrá sobre el disparate. Esa vaga esperanza no me permite sentirme optimista. Durante muchas décadas el enemigo fue tomando posiciones, elaborando planes, trazando caminos. Llegado el día se encontró, no sé si con sorpresa por su parte, con que todo aquello resultaba inútil e innecesario: se le abrieron las puertas de par en par, se le invitó cordialmente, se le estimuló incluso.

 

¡Ya hemos reconstruido nuestra imagen ante el mundo! Todo está dispuesto, y a cambio de un hipotético mostrador en la Europa de mercaderes liquidaron un Régimen, pusieron en riesgo un Estado y en serio peligro la entidad nacional.
No hemos vendido por un plato de lentejas la primogenitura de España, porque cuando se nos entregue el plato acaso logren que ya no exista España para ir a recogerlo. Pero frente a ese criterio, yo os digo que sólo con un bloque nacional, en apretada unidad, dejando personalismos y dedicado a levantar a España, conseguiremos que la grandeza y la libertad de la Patria sean una auténtica realidad; y sólo así destruiremos los errores en que cayó la debilidad, la ambición y los resentimientos y revanchismos. Así sentimos ya la alegría y el orgullo de ser españoles.

 

No soy apocalíptico. Ni siquiera soy pesimista. Creo en España. Creo en esa España a la que amamos conmovedoramente, a la que hemos entregado cuanto nos pidió, a la que hemos rendido el culto de nuestras vidas. Pero creo también en el pueblo español. El único camino posible para hallar la fórmula que saque a la Patria de esta encrucijada es el de evitar que entre las fuerzas nacionales, que son todas aquellas ajenas a las internacionales y distantes de los separatismos, se produzcan fisuras o malos entendidos. Si está en juego España, ¿qué prurito personal o de grupo o de partido puede anteponerse a ese sagrado interés? Sólo España cuenta; lo demás no importa.

El dolor y la tragedia de nuestro pueblo nos unieron y supimos vencer. No se trata de proponer pactos o negociaciones, sino de considerar el riesgo que corre España como nación indisoluble, irrevocable y soberana. Y de evitarlo. Evitarlo a costa de lo que sea. Eso es lo que debe unirnos en este momento de nuestra historia. Levantemos con actitud generosa y firme, la bandera de la solidaridad nacional frente a las banderas de su disgregación. Mantengamos bien erguida la de nuestra pasión por la justicia social, por la definitiva redención de los hombres del trabajo frente a quienes los convocan para utilizarlos precisamente contra la Patria. Todos unidos en un esfuerzo supremo, heroico si queréis, y nos encontramos otra vez con los buenos españoles, con los patriotas que aún quedan y esperan la voz que les
convoque para evitar la catástrofe de la Patria.

 

No hay generaciones, del mismo modo a como España es un patrimonio que no nos pertenece porque es propiedad inimaginable de quienes fueron, somos o serán españoles. No hay generaciones. Sólo hay hombres y mujeres que creen o no creen en la realidad de España; que conocen o ignoran el cerco de sus enemigos, tan contumaces como antiguos; que se sienten o no inclinados a escuchar la voz angustiada de la Historia que, con su viejo acento, tan conocido, nos vuelve a llamar. Aquí estamos. Cuando la Patria peligra, los españoles responden. Bien lo sabéis; no hay edades, con niños, con adolescentes, con jóvenes, con maduros, con viejos y con ancianos se salvó una y otra vez la Patria de las amenazas de siempre. Esta es una ocasión más en la que se pondrá a prueba el temple y el corazón de todos y cada uno de nosotros
no desoigáis la sagrada voz de España.

 

Pese a todo, en el interior todavía España es hoy una realidad firme y fecunda. Francisco Franco nos legó muchas cosas; quizás la más importante fuera una sociedad nueva, distinta; una sociedad que había nacido y crecido, en gran parte, bajo el signo de la paz y la reconstrucción nacional. Pero hemos vivido otros 40 años de una transición traición histórica en la que, forzosamente, tenían que avivarse y florecer antiguas ambiciones y rencores. Pero ya hemos oído todo cuanto teníamos que oír. Ya hemos contemplado todo cuanto teníamos que contemplar. Yo creo que asistimos de nuevo a los albores de la verdad frente al pesimismo y la amargura de la dialéctica de lamentara.

 

Consciente, serena, fuerte, España reanudará el camino sin que vayan a influir en su futuro las viejas querencias o las viejas seducciones. El camino de la historia no se interrumpe jamás. Ni se desanda. Si hemos vivido un tiempo de perplejidades, debemos entrar ahora en un tiempo de firmezas y responsabilidades. España no se puede precipitar en un abismo de errores, porque debe aprender mucho en su pasado. España debe conservar lo que con su propio esfuerzo obtuvo bajo la serena vigilancia y moderación de un hombre singular. España debe de seguir constituyendo en el mundo una nación con voz y voto, sin que tengan que impartirle autorizaciones especiales otras naciones más o menos poderosas. Debe acabar la oscura noche, Esa noche que primero fue desolada y luego insólita. Un nuevo día llega para todos. A su luz volveremos a ver la realidad de las cosas, sin pesimismo ni debilidades; con la vieja alegría y el viejo orgullo de ser españoles; con la generosa compostura de saber que no cuentan los esfuerzos si los esfuerzos y los sacrificios se traducen en un beneficio común; con el entusiasmo de conservar, en orden a la justicia, lo que consignó el pueblo y de ir agrandando su patrimonio común en la versión inapelable de que la Patria no es el patrimonio de unos pocos, sino el hogar fraterno donde caben todos y donde todos tienen igualdad de derechos y de oportunidades.

¿Si se hubiera producido, la reforma planeada sobre el perfeccionamiento del Régimen del 18 de julio, y no el desmantelamiento del sistema político que dio a España su tiempo más próspero y fecundo?
No venimos a recordar ni a recrearnos en nada. Lo pasado no podrá ser jamás presente ni futuro, pero todo pasado, no sólo el de nuestro origen.
Por ello, se equivocan quienes aspiran a saltar sobre la historia para volver a situaciones que quedaron abolidas el 18 de julio de 1936 por inútiles, por. Estériles y
destructoras.
Hemos venido a dar testimonio de inquietud. Y al mismo tiempo, a dar testimonio de esperanza. Desde la autenticidad y proclamar sin rodeos que no vamos a capitular ante nadie ni ante nada. Y queremos proclamar, sobre todo, que nuestra primera aspiración consiste en que no se regatee al pueblo español lo que se le debe en orden a su plenitud social y económica, a su libertad, a su participación en la vida política y sindical. Porque es muy fácil hablar de participaciones formales y escamotear, en un juego malabarista, la participación que de verdad importa: aquella que reduce la distancia que aún separa a las clases y a los hombres de España.

Señores, no son fáciles los tiempos que vivimos. El engaño, la deserción y el olvido, socavaron la briosa arquitectura de una España que levantamos a pulso desde la nada. Nuestra presencia resulta incómoda por el solo hecho de mantener enhiesta la bandera de la Patria, de ser hombres, de ser leales.
Pues bien: vamos a seguir siéndolo aunque no guste. Vamos a decir que no a muchas cosas: No a la erosión constante del prestigio histórico dé Francisco Franco, al pacto con los grupos enemigos de España, a la atomización política, al paro masivo, a la corrupción, y a quienes promuevan las desigualdades entre españoles y entre las tierras de España.
Tenemos el deber de conectar de nuevo con nuestro pueblo, con su enorme mayoría silenciosa; y tenemos el compromiso de exigir, precisamente para ese pueblo, el respeto, la solidaridad, el progreso y la paz que merece. La imagen de España tiene que volver a ser imagen de pujante vitalidad, aunque ahora se vea afectada circunstancialmente, por la crisis económica que atraviesa, el mundo. España debe acepta el reto del futuro con seguridad y-optimismo. ¿Qué tiene que ver esa realidad con el coro de los detractores? No es, señores la hora de una u otra generación. Es la hora, en cambio, de elegir entre el olvido o el compromiso. Lo fácil es olvidar, y también lo suicida; lo difícil es erguirse sobre el desencanto para volver a servir a las ilusiones que de siempre nos han convocado. Ni un paso atrás. ¿O es que hemos olvidado a nuestros hermanos muertos en está o en aquella trinchera? Ni un paso atrás. ¿O es que, ahora tememos al dolor o al sacrificio? Ni un paso atrás. ¿O es que ahora renunciamos al patrimonio de honor y de servicio que conquistamos a pulso? Ni un paso atrás, pese a quien pese. Aunque la zafiedad y el egoísmo, que se amparan tras muchas posiciones privilegiadas, quieran presentarnos como especuladores de un tiempo político., que ya es historia.

No somos historia, porque nuestro estilo reside en el pensamiento y en la acción, y por eso estamos aquí. Tampoco miramos hacia atrás porque no nos gusta convertirnos en estatuas. Nuestro ánimo y nuestro corazón acampan resueltamente en el futuro, junto a la dificultad y al riesgo; pero también junto al amor y a la esperanza.
Si fuéramos especuladores no estaríamos aquí, porque este no es el terreno donde se obtienen beneficios. Este es el terreno de la exigencia y de la incomodidad; este es el terreno del honor y del deber, que aceptamos voluntariamente.
No ha sido infecundo nuestro esfuerzo; tampoco lo será nuestro propósito de perfeccionar el futuro, de hacerlo más justo y más solidario. En este propósito seguiremos sin desmayo, elaborando la perfección de cada día, de cada hora. Al servicio de España y solo de España que debe estar por encima de todo. Y a esperar la fecundidad de la cosecha.

Os hablo desde la conciencia de saber que ha llegado el instante de terminar con la pesadilla de la sorpresa. Tengo razones suficientes para deciros que ni España, ni sus regiones, ni sus gentes, van a dar pasos hacia atrás o saltos en el vacío. Y tengo, por último, razones suficientes para recabar de vosotros otra vez la ilusión y la entrega, la firmeza y la templanza, la alegría y el sentido de la responsabilidad.
Quienes supusieron que al calor de una traición que no transición, inevitable y lógica, iba a arrinconarse una obra gigantesca, se equivocaron cuando lo supusieron y se van a equivocar cuando contemplen, con asombro, cuál es el ritmo, la música y la letra que entiende nuestro pueblo.

El futuro será nuestro. Será de España. Será de todos y cuantos quieran seguir por el camino que emprendimos hace muchos años hacia nuevos horizontes de paz y bienestar para los españoles; de unidad, de libertad y de grandeza para España. Ni un solo gesto de pesimismo. Ni un solo gesto de amargura. En España, el sol de la historia no caminará más hacia el ocaso.

Vengo a hablaros de Franco.

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Pero ya se equivocan de entrada quienes supongan que vengo a hablar de Franco muerto, de su pasado, de su ejemplo, de su obra. Vengo a hablar de Franco en la misma frontera del futuro y vengo a proclamar sin miedo, que si Francisco Franco cruzó para siempre, en olor de gloria, los anchos umbrales de la eternidad, la obra de Francisco Franco no tiene por qué morir, aunque lo hayan dispuesto al unísono todos los enemigos de España o la Internacional marxista o la Internacional capitalista.
Franco salvó a España. Franco fortaleció a España. Franco liberó a España y muerto Franco no vamos a permitir que se arroje el cuerpo saludable de España al atormentado mar donde estuvo a punto de perecer.
Si alguien se propuso eso, no se propuso, en rigor, una reforma. Se propuso una traición. Pues bien: sépase ya que para nosotros son igualmente adversarios quienes atenten a la unidad, a la libertad a la grandeza de España, que quienes destruyeron y socavaron el Régimen nacional y los principios fundamentales, permanentes e inalterables, que ellos mismos juraros, ¡TRAIDORES!

Confío en que todos vosotros entenderéis el sentido de mis palabras. Vengo a haceros partícipes de una larga meditación que siente la necesidad de conectar con otras inquietudes, con otros sentimientos y juicios. Y no deseo que el sentido de sinceridad que aspiro a otorgar a mis palabras sea perturbado por sugestiones o por fáciles halagos. Desde hace 38 años gravita sobre todos nosotros un hecho concreto: el signo de España ha cambiado radicalmente, ante el regocijo de unos pocos y la insólita incredulidad de la mayoría.
Vamos a analizar el cómo y el por qué de este pasado inmediato, que se inicia en el triste amanecer del 20 de Noviembre de 1975 y que arrastra todo un fecundo periodo. Jamás toleraremos que el futuro pueda ser interpretado como el derrumbamiento de la realidad colectiva vida española, concebido para muchos años y para muchas generaciones.
Y lo que ahora resulta evidente es que, después de Franco, se produjo la deserción de muchos políticos y la abierta traición de otros. Esto no es obra de casualidad. Las cosas no suelen ocurrir porque sí. Sobre todo en política. El relato de esta página de historia tiene un preludio trágico del que hay que partir para un entendimiento cabal de los hechos. Hago constancia expresa de que no vengo a añorar nada y de que si aludo al pasado, remoto o inmediato, es para situar mejor el análisis del presente y, sobre todo, para explicar o tratar de explicar, cuál debe ser el camino de nuestro futuro.

Jamás toleraremos nosotros que, la palabra futuro pueda ser interpretada por alguien como la imagen del derrumbamiento de la propia realidad colectiva. Por eso, hemos de analizar lo que aconteció y hemos de saber, cuál va a ser nuestro camino para recorrerlo, después, sin vacilaciones ni titubeos. Si Franco murió, con Franco no puede haber muerto todo el valor de España, todo el honor de España, todo el sentido común de los españoles. Quienes intentasen borrar un pasado victorioso, en el que España alcanzó sus logros más espectaculares, cometerían un gravísimo error político, porque si consiguiesen el objetivo de esa destrucción, forzosamente llegaría a la situación contraria. Cuarenta años de historia fecunda se legitiman, tanto por su origen y duración, como por el índice de su aceptación universal —Embajadores,
representaciones; tratados y convenios bilaterales, presencia en los altos organismos internacionales, etc. — lo que significa que el cambio es tremendamente peligroso porque se desconocen las obligaciones que promovían el consenso internacional y la aceptación interior.

El mundo se enfrenta al futuro y España se vuelve al pasado. Por eso, señoras y señores; queridos amigos y cantaradas, yo os digo esta noche que la más urgente tarea, la más apremiante tarea de los españoles de buena voluntad, es constituir un frente sólido, unido, fraterno y resuelto para salvar a España de la división y los enfrentamientos. Ese frente nacional deberá poner su acento en lo que nos une y no en lo que nos separa.

Frente a los que impusieron la tesis del borrón y cuenta nueva, como si aquellos cuarenta años anteriores hubieran sido deleznables o sonrojan tés para España, y nuestros políticos nos ofrecieron, a cambio, una fórmula tan original que nos puede situar, nuevamente, en los albores de 1936.La más apremiante tarea de los españoles de buena voluntad es constituir un frente sólido, unido y resuelto para salvar a España de la división y de los enfrentamientos.

¿Qué ha sucedido en España? En España ha sucedido una cosa muy sencilla: se aniquilo el Sistema Orgánico para sustituirlo por un sistema inorgánico y liberal y se ha establecido la partidocracia, se ha dado carta de naturaleza o patente de libre circulación al marxismo.

Convengamos, por tanto, sin rasgarnos las vestiduras y sin adoptar gestos o posturas grandilocuentes, que te victoria ha sido regalada al adversario. Si la culminación de una etapa como la que significa la presencia de Franco en España reside en volver al pasado, es que ni Franco, ni el Movimiento, ni las colaboraciones políticas con que contó el Estado, ni el callado y laborioso esfuerzo de los españoles, ni la obra colosal que se consiguió con ese esfuerzo, tenían razón de ser. Si el perfeccionamiento del Régimen consiste en abrir de par en par las puertas de España a quienes trataron de hacer de España una dictadura al servicio del Kremlin, ¿qué explicación histórica podremos dar al Régimen del 18 de Julio? Me temo que ninguna; pero, del mismo modo, podríamos nosotros preguntar qué explicación congruente y racional pueden ofrecernos quienes, reconociendo y aceptando la fertilidad del Estado del 18 de Julio, lo han destruido para sustituirlo por un antecedente tan pernicioso. No puede disculparse la situación actual con el fácil argumento de un juicio pesimista, porque, de ser así, saldría malparado el instante que empuja ese pesimismo. La dificultad presente puede justificarse con el hecho de que se haya producido en el peor momento: veinte años antes o veinte años después el camino
habría estado más despejado. En el primer supuesto, habrían existido fuerzas para frenar con eficacia y en el segundo supuesto habría desaparecido todo obstáculo. Pero, ¿no se llega así a una ficción peligrosa?

La evolución era necesaria y estaba prevista con bastante anterioridad a la fecha del 20 de Noviembre de 1975. En el ánimo de todos nosotros gravitó siempre la idea de que la continuidad del Estado ni estaba ni está reñida con su perfección. Pero, es más, esa previsión de reforma o de evolución había sido calculada y anunciada por el propio Caudillo, quien, con ocasión de ser inaugurada te IX Legislatura de las Cortes Españolas, decía lo siguiente:
«Tal como ya podemos vislumbrarlo los españoles, después de haberlo preparado juntos durante más de treinta años, nuestro futuro político puede y debe ser un futuro en el que la totalidad de nuestro pueblo participe en la conducción de sus destinos dentro del marco constitucional que se ha dado a sí mismo a lo largo de un cuarto de siglo y aportando a esa Constitución, según los cauces legales por ella misma previstos, los enriquecimientos, las mejoras, las modificaciones que cada circunstancia y cada coyuntura aconsejen a nuestros compatriotas, de hoy o de mañana.»

Y para mayor abundamiento, Franco añadía:
«Siempre las normas constitucionales que se integren en las Leyes Fundamentales han sido calificadas de abiertas, lo que ciertamente implica su progresiva evolución, pero no puede implicar en ningún caso irresponsable destrucción. En esa evolución cabe prever que las diversas corrientes de opinión suscitadas por la vida real, por las ideas políticas, por los problemas sociales y económicos, encontrarán creciente campo en el que debatir serenamente sus respectivos pareceres.»

Resulta innecesario señalar que el quid de la cuestión en la reforma política debió residir en hallar la fórmula para hacer viable aquel proyecto del Jefe del Estado sin dañar la esencia del Sistema. Es decir, se puede ir a una democratización rigurosa de la sociedad española sin incurrir en contrafuero o dar saltos en el vacío. Las Asociaciones Políticas pudieron existir concebidas como aquellas grandes tendencias a las que aludía Franco, pero con dos condicionamientos claros: el acatamiento a la Ley de Principios fundamentales del Movimiento Nacional y la ausencia de cualquier dirección internacional que pudiera menoscabar o dañar la soberanía de España y la independencia del Estado. Por otra parte, sin menoscabo de los Principios Fundamentales del Movimiento, y mediante el sistema de ser proclamados los candidatos por vía orgánica y elegida mediante sufragio universal por la totalidad del censo, pueden ser elegidos los concejales, los alcaldes, los presidentes de Diputación, los diputados, los procuradores en Cortes, los consejeros nacionales y un largo etcétera.

No necesito explicaros que la situación política generada por la “transición” no sólo ha creado un estado de confusión general, sino que simultáneamente, hace muy difícil todo método de autocorrección. Cualquier optimismo nacional posible se enfrentará, inmediatamente, con los tres vértices que determinaron todo el proceso de nuestra desintegración nacional: la lucha multipartidista; la lucha de clases, con la imagen agónica del sindicalismo nacional, dinamitado por el propio poder y sin el menor respeto democrático, para la base popular que lo sostuvo durante tantos años; y por último, las pugnas consuetudinarias de los separatismos regionalistas.

Y esto, ¿por qué? Y esto, ¿para qué? Diñase que una conjura de valor internacional tomó conciencia del instante decisivo para destruir nuestras instituciones y alterar nuestro camino. Diríase, también, que un mimetismo palurdo y hortera ha arrastrado, a su conjuro burlesco muchas inteligencias que suponíamos claras y hasta preclaras, y muchas vocaciones que presumíamos indestructibles.

De este vasto proceso de desintegración, ¿quiénes serán los beneficiarios? ¿Los españoles que a cambio del ejercido de unas hipotéticas formalidades están viendo hipotecadas sus libertades prácticas? ¿Los partidos políticos que recobran el artificioso frenesí de la lucha intestina, como si hubieren sido exhumados, por una mano
mágica de un sueño eterno de dolor? ¿La multiplicidad de nuestras regiones que por afanarse en un pueril empeño autóctono se convertirían en sujetos para las ambiciones y las dependencias extranjeras? ¿Los sindicalistas que formarán en las filas atomizadas y maltrechas frente a la omnipotencia capitalista?

No; los beneficiarios de esta sonrojarte almoneda en que se malvenden las mejores esperanzas nacionales, son aquellos dos totalitarismos que nos amagan de nuevo: el totalitarismo marxista y el totalitarismo capitalista. Por complacer no se sabe qué extrañas demandas o sugestiones, arriamos lo mejor de nuestra soberanía nacional para entrar vertiginosamente, en la órbita de una y otra potestad universalmente reconocidas: o la Internacional marxista o la Internacional capitalista. Mientras, Europa
avanza a oscuras hacia un porvenir cada vez más incierto a pesar de lo que hasta ayer eran sonrientes niveles de consumo y abruman tés cuadros estadísticos de promoción y producción de mercados comunitarios; el viejo Continente tiene cada vez menos influencia en el universal concierto de los pueblos y su viejo espíritu agoniza entre horrorosas degradaciones de valor humano, de valor religioso, de valor social y de valor político. Todo esto sucede así y al mismo tiempo el capitalismo universal (el capitalismo que nada tiene que ver con el capital, ni con la propiedad privada, ni con la iniciativa privada) toma posiciones en España. ¿Se vende España? ¿Se hipoteca nuestra independencia? ¿Se acepta abiertamente un dirigismo financiero extra nacional? Si tal sucediese tendría una explicación congruente la facilidad que han encontrado los grupos o partidos derrotados en 1939, para resucitar en España. No es una incongruencia: se vuelve a la vieja técnica liberal capitalista; aseguradas las fuentes del poder económico, decisorias, en gran parte, del poder político, la contrapartida que se ofrece, engañosamente, a los hombres es el ejercicio de una supuesta libertad que los esclaviza doblemente, porque, de una parte, serán mínimas células económicas excitadas por las vibraciones de los colosales circuitos publicitarios para el consumo, y, de otra, piezas que utilizar en la hiena partidista casi siempre fratricida, en servicio de
otros oscuros designios extra nacionales.

Reducir los problemas de España a un problema político o a una confrontación de ideologías, resulta, en gran parte, ficticio: primero, porque en non porcentaje elevado esa problemática ha sido prefabricada; segundo, porque el más serlo problema con que se enfrenta España en 2016 no es político sino económico, no es ideológico sino social. Anteponer cuestiones de índole administrativa o, incluso, ideológicas a la verdadera realidad socioeconómica de la nación, es practicar una política de «Bombas de humo» o una dramática inconsciencia.

El gobierno de España es de suponer que se plantee serena y fríamente este dilema incuestionable: o sigue por la senda errónea,”progre” atendiendo a complacer las instancias de los grupos y grupos-culos que han aflorado en los últimos años postreros de la llamada “crisis económica” y sigue embarcado con ellos con todas sus consecuencias actuales en esa alocada y estéril aventura “reformista”.

O por el contrario abandona ese camino suicida por el que nos está conduciendo, y purga sus males endémicos coge por los cuernos el toro de la economía y afronta, sin vacilaciones, la más grave de las cuestiones planteadas: la crisis económica y social. Esa disyuntiva no puede ignorarse o posponerse. Y me atrevería a decir que una solución simultánea es, por el momento, inverosímil. Si complace aquellas instancias que defienden intereses privados de grupo o partido, es muy probable que salga airoso de la confrontación política; pero es indudable, también, que el Gobierno saldrá airoso a costa del supremo interés de España.

Si por el contrario, consciente de su responsabilidad histórica pospone aquellas complacencias y aborda resueltamente, valientemente, el problema económico, quizás se queme en la empresa, quizás se autodestruya, pero habrá prestado a España un heroico y glorioso servicio. Pero, ¿puede adoptarse esa valiente postura cualquier gobierno “democrático”?

Mucho camino había recorrido España. Pero se ha puesto de moda desandar la Historia. El por qué y el para qué creo haberlo explicado. El cómo, está a vuestro alcance y, todavía, quizás, en vuestra decisión.
La sonrojarte sumisión de estas o aquellas individualidades políticas no tiene por qué ser reflejo de la voluntad popular. Pronto serán convocados los españoles a las urnas. En las urnas otra vez depositaremos, con una simple papeleta, el destino de España a cara o cruz. No es justo, porque el destino de la patria no puede ser objeto de decisión fortuita y las tensiones y los intereses menores se impondrán sobre el interés supremo de España.
Si alguna idea deseo dejar clavada en vuestras mentes y aún en vuestro corazones, es ésta: si los políticos no han sido consecuentes con el Estado no podemos recluir nuestro deber en el ámbito cerrado de nuestra propia celda, de nuestra vida privada, de nuestra comodidad personal. No importa que nos calumnien. No importa que se fabriquen sobre nosotros historias y leyendas o que se ensañen tratando de destruir nuestro honor o el honor de los nuestros. No importa que se nos amenace. Lo que importa, sobre todo, es España.

Y si España vuelve a poner su destino, como os decía, al evento de las urnas, a las urnas debemos acudiremos en bloque, solidariamente, fraternalmente unidos, arriando diferencias y levantando entendimientos, uniéndonos en una comunión de amor a nuestro pueblo, de compromiso con su historia y de compromiso con su porvenir. En ese “frente nacional” que debemos propiciar, cabemos todos los españoles sin distinción de clases ni colores, porque para llegar a él, sólo basta, como patente, la
generosidad, el valor, el amor a la justicia y el patriotismo. Esa será la clave del futuro.
Si acertamos, España se salvará. Si por reparos menores o por afanes personalistas o por pequeñeces, desatendemos la sagrada voz de España, España se hundirá ante el sonrojo de nuestra impotencia o de nuestra cobardía. Los enemigos del Régimen, obedeciendo determinadas consignas internacionales, proclamaron a coro, que muerto Franco, se acabó para siempre el franquismo… Pero, ¿se ha detenido alguien en el análisis de este concepto?«El franquismo no es una instancia ideológica, es una posición mental. En este aspecto tan concreto, tan esencial para la vida presente y futura de España, voy a ir mucho más allá: mientras Franco vivió, el franquismo resultaba innecesario y por eso el Caudillo jamás lo fomentó. Muerto Franco yo os aseguro que es necesario que hagamos nacer al franquismo. ¿Y qué será el franquismo? Pues, sencillamente, el punto de coincidencia de cuantas familias políticas, desde sus distintas posiciones ideológicas, tienen como meta y último ideal a España y al pueblo español y no están comprometidas en pactos o coaliciones ajenos al interés nacional.
Ni Franco ni José Antonio han muerto. Mientras los marxistas afirmen que después de Marx hay marxismo, nosotros diremos que después de Franco hay franquismo.

Esas ideologías pueden ir desde un radicalismo social y revolucionario, pero netamente español, hasta un sereno y firme concepto de la tradición, pasando por cuantas versiones encontréis, discrepantes en métodos y doctrinas, pero firmemente unidas en el servicio a la entidad nacional, a la patria, a España. ¿No os dais cuenta que
Franco fue el hombre producido por esa circunstancia histórica unificadora? Cuando los españoles que anteponían la unidad, la grandeza y la libertad de la Patria a sus propios intereses y a los intereses de sus partidos decidieron hallar el camino común, surgió el hombre. Pues bien: cuando él, que fue antes que cualquier otra cosa un moderador de las identidades ideológicas de cada grupo o familia política, desaprecio, nos queda la impagable lección de la norma que debe conducirnos por los caminos del futuro.
En resumen: el franquismo no es, ni debe ser jamás, una nostalgia, sino una estrategia; no es, ni debe ser jamás, una pueril uniformidad, sino una pluralidad fraterna y resuelta; no es, ni debe ser jamás, una posición estática, sino el punto de referencia para una acción dinámica y progresiva; no es, ni debe ser jamás, la cancelación de esperanzas y promesas al pueblo, sino el aguijón que nos obligue a cumplirlas. Eso es el franquismo, señores. Y, en estos instantes de vejaciones y ofensas a su recuerdo, debe ser, por razón de honor, una actitud hidalga y generosa para su persona y para su obra.

Un solo camino: la unidad. No seremos nosotros quienes sumen nuevos ingredientes a la ceremonia de la confusión nacional. Si la batalla se da en las urnas, a las urnas unidos debemos acudiremos. Luego bastará con desvanecer la niebla que impide el tránsito para que España no se detenga, para que la nave del Estado no embarranque y escore hacia la derecha o hacia la izquierda. ¿Quién puede oponerse a una voluntad de unidad y de servicio? Yo os lo diré: sólo quienes alberguen en su alma el rencor de la frustración o el odio; o un inconfesable ánimo revanchista que quisiera fulminar la única victoria de Europa sobre el comunismo, o quienes se dejen arrastrar, torpemente, por rencores domésticos originados en las locas carreras hacia el Poder. Creo que aún estamos a tiempo. Creo que aún podemos ordenar la vida política de España en un régimen de libertad y convivencia, sin atomizar a la sociedad, sin enfrentarla, sin volver a la esclavitud y la tiranía dictada por los mil y un partidos. Y que digan los de fuera lo que quieran. La primera obligación de España respecto a Europa es mantener su fortaleza, su unidad, su reciedumbre. La primera obligación de Europa respecto a España es la de respetar nuestra soberanía, sin intromisiones ofensivas, sin vejaciones inadmisibles. Pienso que no está reñida la participación política de todos los españoles con el sostenimiento de un Estado fecundo y moderno; y pienso, por último, que si el camino dé la división, del enfrentamiento y de la multiplicación de intereses de grupo se mantiene, habremos desandado la Historia y volveremos a ser un pueblo sometido al vergonzoso vasallaje de otras potencias.

Quienes pregonan la mayoría de edad del pueblo español están en lo cierto. Pero entiéndase bien esto: los españoles han alcanzado esa mayoría de edad cuando España volvió a ser fuerte, libre y unida. Ni antes ni después.
Destruir esa fortaleza en servicio de intereses pequeños o de imposiciones ajenas, sería un crimen de lesa Patria. Pero sería, sobre todo, una traición una incongruencia.

FRANCONSPIRACIÓN