Podemos vende el cambio como propuesta política, el «sí, se puede», «por el cambio»… Pero, ¿qué podrán cambiar estos radikales ineptos e ignorantes, que solo venden demagogia y populismo?

 

«Sí, claro que podemos», «Si que es pot», «Polpotsi»… Éste es el estribillo podemita de su campaña electoral. Ante esta machacona muletilla, cabe preguntarse qué es exactamente lo que Podemos puede: cambiar España,dicen. Ahí queda eso: construir un nuevo país.
Sí, claro que Podemos «potsi»… El programa electoral de esta chusma es muy fácil de explicar: Robin Hood a tope. Se trata de disparar hasta el infinito el gasto público, con el fin de quitar dinero a «los de arriba» ―los verdaderos «ladrones», aunque lleven guantes blancos― para repartirlo entre «los de abajo», entre «la gente». Es la típica distorsión ideológica de todos los populismos, que consiste en recompensar la vagancia y la incompetencia, y penalizar el mérito de quien ha prosperado con sacrificio y esfuerzo, al que se acusa de robar a quien tiene menos, por lo cual se le obliga a que le ceda una gran parte del fruto de su trabajo, bajo una lluvia de flechas e impuestos.

En vez de preguntarse realmente por las razones por las que uno gana más y otro menos, la demagogia populista agita ―en especial en tiempos de crisis― la rabia, los rencores, los celos y la envidia de estos «indignados» contra quien está más arriba muchas veces por méritos propios, atribuyéndole la causa de sus frustraciones y problemas, quejándose hasta la saciedad para que el papá Estado «haga justicia» y reparta su maná entre ellos.

Sí, Sr. Iglesias, claro que Podemos «clarsipot», ya que su programa «Robin Hood» repartirá el cuerno de la abundancia entre la indignada y robada «gente de abajo»: concederá 600 euros de «renta garantizada» a la población sin ingresos, que pueden llegar hasta los 1000 en unidades familiares de cuatro miembros; incrementará el sueldo a los que ganen menos, hasta que alcancen los 900 euros; subirá el salario mínimo interprofesional desde los 648 hasta los 800 en dos años; reducirá la jornada laboral hasta las 35 horas; pagará gastos de agua, luz, gas a los que están en situación límite… En fin, que Podemos romperá la hucha y hará saltar la banca para garantizar los costosísimos «derechos sociales». Por si fuera poco, también se harán extensivos estos subsidios a los inmigrantes «sin papeles». Pues ¡«sipotclaro»!

«Sí, claro que pot», todo esto suena bien, y parecería responder a la justicia social, pues un Estado debe velar por los segmentos de población más desfavorecidos, pero plantea dos serios problemas: en primer lugar, la vida subsidiada fomenta la pereza y la vagancia, en vez del carácter emprendedor y el esfuerzo ―de lo cual somos deficitarios en nuestro país―, pues eso de subvencionar con la condición de hacer cursillos que les reincorporarán al mercado de trabajo nunca ha funcionado bien, como sabe todo el mundo.

En segundo lugar, ¿de dónde se sacarán los fondos para sufragar dispendios tan exorbitantes? Podemos propone elevar el gasto en unos 134.000 millones cada año, desde los 460.000 millones del 2015 hasta los 594.000 millones en 2019, es decir, un 30% más. Para ello, necesitaría elevar la recaudación en 150.000 millones cada año.
Y aquí llegan «las cuentas de la lechera», pues entramos en contabilidades irreales que hacen completamente quimérica la operación «Robin Hood». Para empezar, argumentan que el PIB de España crecerá un 5% anual, cuando las previsiones más optimistas del FMI solo nos dan el 2,2%, pronóstico según el cual ―según argumenta Juan Ramón Rallo―, ingresar 564.000 millones de euros en 2019 exigiría elevar la recaudación fiscal desde el 38% actual hasta el 46%. Es decir, que tendríamos un «sablazo fiscal» anual de 100.000 millones.
Ante esto, entramos de lleno en el recurso a las pócimas mágicas, a la alquimia para transmutar piedras en oro, pues Podemos pretende financiar ese «sablazo» subiendo los impuestos a los ricos y a las grandes empresas, sin tener en cuenta que la diferenciación fiscal de España respecto a la UE tiene como causa la débil fiscalidad que grava a las rentas más bajas, puesto que las altas están ya homologadas fiscalmente con la media europea, y poquísmo más se las puede estrujar.
Rallo afirma que la equiparación con Europa supondría aumentar la fiscalidad sobre el consumo ―el IVA, que pagan por igual todos los estratos de población―el 75%, lo cual perjudicaría a las rentas bajas, mientras que las rentas del trabajo se incrementarían solo el 7,7 %, y las del capital el 16%, con la salvedad de que estas últimas afectarían más a las familias y autónomos ―un 29,3 % de subida―, mientras que a las empresas solamente les supondría una subida del 7,8%.

Concluyendo, el programa económico podemita, con el que pretende redistribuir la riqueza para garantizar el «rescate social» supondría una generalizada subida de impuestos cuyos principales afectados serían las rentas medias y bajas, todo lo contrario de lo que dicen en su campaña. Porque las anunciadas medidas con las que Podemos quiere gravar a las rentas altas y a las empresas son mera calderilla fiscal, pura pantalla para engañabobos.
En cuanto a acabar con la corrupción, Sí, claro que Podemos cambiar, porque «quesipot» acabará con las corruptelas, cuando la Carmena y su marido están bajo investigación del fisco; cuando Harry Errejón es el «becado fantasma» y Monedero «chaveta» el declarador complementario; cuando asociaciones y empresas con las que colaboran los podemitas ―o mismamente fundadas con su mano izquierda― cobran buenas minutas aunque sean sin ánimo de lucro; cuando tienen impresentables personajes ocupando cargos públicos mientras están sometidos a procedimientos judiciales; cuando los jerarcas de los corralitos morados compadrean enchufando en cargos públicos a sus consortes, sus cuñaditos, sus sobrinetes, sus papaítos… O sea, que nada ha cambiado bajo el sol, pues ya estamos otra vez liados con la «casta Nostra». Lo de siempre.

Por supuesto que Podemos «puedepot» dar a España la «democracia real», la «transparencia absoluta», «devolver el poder al pueblo», aunque todo huele a «tecnocasta»: primarias con listas cerradas donde casi nadie participa, y donde se elige a la nomenklatura propuesta por el comité central que preside el «boss»; sediciones de «mareas locales» que van por libre; pucherazos en comités locales; manipulación descarada de los ingenuos activistas del ciberespacio, que sostienen el partido con sus «crowdfundings», y aplauden como un «claque» pelotero las genialidades de la secta oligárquica que les utiliza como carne de cañón.
Sí, claro que pot, Sr. Iglesias: claro que puede usted cambiar nombres de calles, escamotear belenes, asaltar capillas, retirar bustos reales, escrachear a los taurinos, pancartear a los refugiados con admirable hospitalidad, poner a los «boy scouts» a recoger colillas, crear webs antiprensa en los ayuntamientos, dejar plantados a santos patronos y patronas en las fiestas de las ciudades donde ustedes mandan, ceder locales a sus queridos okupas costeándolos con dinero público…
«Claro que pot», sí, Sr. Iglesias: para cambio, el que sus colegas de «Syriza» han dado a Grecia, que ahora, bajo su égida revolucionaria, soporta un austericidio mucho mayor que el que los pobres helenos tenían antes de su acceso al poder.

Sí, que pueden, pero déjeme que le diga el cambio más notable que usted realizará, el que quedará para la posteridad. Viene a cuento del magnífico final de una película de Hitchcock, titulada «Frenesí», en la cual un psicópata asesina a mujeres usando corbatas. En la última secuencia, el asesino entra en su apartamento empujando el baúl donde lleva a su última víctima. Dentro, le espera el inspector de policía quien, al ver que no lleva corbata, le espeta irónicamente, pronunciando la sentencia de muerte para el maníaco: «Sr. Rusk: ¡no lleva usted corbata!»
Sí, ése será el cambio por el que le señalarán las generaciones futuras, el que demostrará su gran mentira del «cambio», el que descubrirá su estafa como se descubre un asesinato: «Sr. Iglesias: ¡no lleva usted corbata!».
Su lema de campaña electoral, el que resume a la perfección su viaje desde el asalto para cambiar el cielo a la sentina de la nada más devastadora, debería haber sido éste, aunque declamado desde un «walkie-talkie» en vez de desde un «trendig topic»: «Cambio y corto, y cierro».

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