Moderando engañosamente su radicalismo con el fin de ganarse su lugar en el centro y la socialdemocracia, los radikales siguen, sin embargo, con su empeño de «asaltar los cielos» persiguiendo a la Iglesia católica.

Hace poco el tertuliano mayor de este país, en el auditorio del «Forum Nueva Economía» del Hotel Ritz, hizo un amago de cortarse la coleta diciendo que ya no quieren tomar los cielos por asalto, sino tocando el timbre. Como quien pide limosna o vende revoluciones por fascículos, vamos. Y es que la golosina del poder tiene estas cosas: que empiezas siendo Lenin y acabas transmutado en un Gundisalvo cualquiera. La Moncloa bien vale un «sí, bwana» a los Bilderbergs de turno.

Pero el timbrazo de esta «revolución light» y descafeinada que no llega ni a putsch cervecero solo puede comprenderse si por «cielos» entendemos el palacio de invierno monclovita, porque si hacemos caso literalmente de esa celestial palabra la cosa es radicalmente distinta, y en vez de timbrazos hay que hablar de campanazos, cuando los palacios que pretende asaltar esta chusma marxistoide son los episcopales.
Prometieron el cambio, la regeneración, el rescate social, y mil maravillas más, pero, confrontados con el duro canal mediático no manipulable que es la macroeconomía, su superincompetencia y su megaineptitud, «el tío de la vara» les ha desmochado sus altas y orgullosas torres de asalto, les ha arrojado a las mazmorras de Disneylandia, entre diabólicas carcajadas, pues esta caterva que iba a cubrirse de gloria solo se ha cubierto de carmenadas y ridículo.

¿Qué les queda, para disimular su fracaso, su descarado volantazo al centro, sus reprimidos anhelos por ir tan encorbatados como el que más? Pues meterse con la Iglesia, que ese cielo es más asequible, por aquello de que tiene tendencia a poner la otra mejilla allí donde otros dan hostias como panes.
Pero a lo que vamos: toda esta patulea impresentable de revolucionarios se ha quedado al final en un ejército zarrapastroso y descamisado donde marchan hermanados asaltacapillas, quitabelenes, quemaconventos, matacuras, ardecatólicos y especímenes de esta ralea… éstas son las huestes laicas con las que los podemitas están asaltando el cielo eclesial. Y digo yo que, ya puestos, podrían también asaltar los infiernos, que les serán más conocidos por aquello de que los diablos también son rojos. Pero eso es para valientes, y a ellos ―que no les gustan las guerras contra los musulmanes yihadistas― lo que realmente les pone es la guerra contra los «fachas cristianos».

A mí esto del asalto no me suena a asediar un castillo ni a conquistar un palacio episcopal, sino a reventar cajas fuertes, a butronear cámaras acorazadas. La caverna laicista afirma que el Estado da a la Iglesia cada año… ¡10.000 millones de euros! En esta partida incluyen tramposamente las exenciones fiscales y lo que las arcas públicas aportan a las labores asistenciales, educativas y sanitarias que realiza la Iglesia, como si las que realizan otras instituciones no les costaran nada al erario público. Y, como además necesitamos pasta por aquello de la crisis, pues leña al cura… O sea, que quieren la Tercera República, la Segunda Transición… y la Segunda Desamortización.

Recientemente, y de manera casi simultánea, IU y Podemos presentaron a todo bombo su programa para ir más allá en la laicidad del Estado, con una batería de medidas que rezuman tal radicalidad, que hacen de estas propuestas una auténtica persecución a los católicos: eliminar la asignatura de religión en las aulas ―¡incluso en los centros privados!―, eliminar la casilla de donación a la Iglesia en la declaración del IRPF, acabar con los privilegios educativos de la Iglesia, aplicarles el IBI, liquidar las capellanías en centros militares y sanitarios, requisar los bienes que pasaron a manos de la Iglesia a partir de 1936, y etc., etc.

¿Tan pudiente es la Iglesia para que despierte tal codicia? ¿Tanto le cuesta al Estado presuntamente laico? En España la Iglesia cuenta con 5.141 centros de enseñanza, que ahorran al Estado 3 millones de euros por centro al año. Sus 107 hospitales ahorran 50 millones de euros por cada uno. Sus 1400 centros de atención a grupos sociales desfavorecidos―dispensarios, asilos, centros de minusválidos, de transeúntes, de enfermos de Sida, de toxicómanos, expresidiarios, etc.― ahorran entre medio millón y cuatro millones por cada centro. Cien mil euros es el ahorro por cada uno de sus 937 orfanatos.

200 millones de euros de ahorro se reparten entre Caritas y Manos Unidas, en su gran mayoría aportados por particulares. La conservación del Patrimonio Histórico-Artístico la lleva a cabo la Iglesia en un 80%, gasto que le ahorra al Estado entre 32 y 36 millones. Y hay que subrayar que, en muchas de estas actividades participan un gran número de voluntarios, de coste cero.

El destacado economista José Barea ha estimado el gasto total que la Iglesia Católica ahorra al Estado en 31.189 millones de euros ―cifra con la que coinciden otros estudios económicos― mientras que su presupuesto anual ronda los 600 millones, algo más que el presupuesto del Real Madrid, y, desde luego, una cantidad irrisoria si se la compara con las cifras que maneja cualquier empresa del IBEX. Frente a este portentoso ahorro, el Estado solo aporta a la Iglesia unos 250 millones de euros, extraídos de lo que los contribuyentes le asignan en la casilla correspondiente de la Declaración de la Renta.

Los partidos políticos reciben fondos estatales según su porcentaje de votos, o sea, según la población a la que representan. Pues bien, la Iglesia es, con diferencia, la institución que representa a un mayor estrato de población, nada menos que al 75% que se declara católica, con la salvedad de que también presta sus servicios a la población no católica. ¿Cuánto dinero público recibirán los podemitas por su 14% de votos? Quieren los laicistas que la Iglesia se mantenga con las aportaciones de los fieles y pague el IBI íntegramente, en un país donde los partidos y los sindicatos están subvencionados, además de no pagar el IBI.

Sr. Iglesias ―curioso apellido para este personaje― ¿cómo se atreve usted a hablar de rescate social y derechos sociales? ¿Usted, un universitario pijoprogre que nunca ha bajado al barro donde se deterioran los enfermos de SIDA, a los chabolas donde gimen los hambrientos, a los tugurios donde se hacinan los marginados, a las cloacas donde agonizan los niños de la calle? ¿Con qué derecho se llena usted la boca con bellas palabras, cuando su irresponsabilidad canallesca pretender quitar a la Iglesia los medios para que siga desempeñando el impresionante rescate social que lleva usted en su programa, esa asombrosa obra asistencial que ningún rojerío progre ha hecho nunca? ¿Es que acaso su partido se va a hacer cargo de ella? ¿Es que sus okupas se van a trocar en hermanitas de la caridad? Si alguien ―aunque sea ateo o de otra confesión religiosa― necesita comida, ropa, asistencia, ayuda, atención, refugio, ¿dónde acudirá?: ¿Irá a tocar en su puerta? ¿Irá caso a la sede de Podemos o de alguna de sus franquicias? ¿Tiene su partido comedores, asilos, albergues, dispensarios, orfanatos, piso de acogida, etc. para rescatar a lo que usted llama «la gente»?

Sr. Iglesias, si usted gana casi 100.000 euros al año, y le da un porcentaje a su partido y otra a su programa de «La tuerka», ¿no le sobraría algo de calderilla para comprar bocadillos a esas multitudes de niños hambrientos que, según su partido, pululan por Madrid? ¿Sabe usted lo que gana un obispo?: 1000 euros, y eso después de larguísimos años de estudio y experiencia pastoral.
Ya lo dijo el genial Agustín de Foxá: «Los españoles están condenados a ir siempre detrás de los curas, o con el cirio o con el garrote». Pero a mí me gusta más esta otra, de resonancias imperiales, una frase que nunca ha entendido el rojerío laicista: «Sangre de mártires, semilla de nuevos cristianos».

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