En el panorama mediático español se repite una escena conocida: periodistas que se presentan como críticos con el poder señalan de forma insistente a la llamada «ultraderecha» como el principal peligro político. El caso de Fonsi Loaiza es paradigmático, aunque el fenómeno va mucho más allá de una persona concreta. La pregunta no es si esa crítica es legítima, (cuando lo hacen ellos sí, pero cuando lo hacemos nosotros lo llaman discurso de odio), sino por qué ocupa el centro del discurso mientras no se critica al poder real, que permanece en segundo plano.

Ruido frente a mando

Para estos luchadores de pacotilla «la ultraderecha» es ruidosa. Provoca, polariza y genera titulares. Eso la convierte en un objetivo cómodo para la confrontación pública. Pero el poder no se mide por decibelios. En España y en Europa, el mando efectivo se ejerce desde otros lugares: la banca, la deuda, la política monetaria, las grandes corporaciones, el turbio entramado jurídico y judicial o los marcos regulatorios que no se votan en campaña. En esos ámbitos, la ultraderecha no decide. Confundir ruido con poder es un error frecuente. Y costoso.

Del conflicto económico al combate moral

Durante décadas, el eje del debate fue material: capital frente a trabajo. Hoy, ese eje se ha desplazado hacia un terreno moral: demócratas contra fascistas, progreso contra reacción. El cambio no es inocente. El conflicto moral moviliza emociones y simplifica bandos; el económico exige datos, estructura, paciencia y sobre todo puede tener consecuencias cosa que no ocurre cuando se critica a la única oposición al poder globalista actual.

Para muchos periodistas que presumen de militantes, el primer terreno es más rentable: ofrece visibilidad, comunidad y una sensación inmediata de combate. El segundo incomoda al sistema y a menudo pasa factura.

Un enemigo funcional

El nacionalismo español tiene rostro, responde en redes y entra al trapo. El capital financiero no. No discute en público, no se expone y no necesita justificarse. Criticarlo no genera épica ni trending topics. Criticar a la ultraderecha sí.

Así, el enemigo equivocado se vuelve funcional: concentra la indignación, ordena el debate y deja intactos los centros de decisión.

La crítica que no molesta

Aquí aparece la paradoja. Cuanto más intensa es la batalla contra la «ultraderecha», más tranquilo puede estar el poder económico real. El sistema tolera —e incluso amplifica— conflictos simbólicos siempre que no cuestionen la propiedad, la deuda, los beneficios o la fiscalidad estructural.

Ceguera de marco

Aquí hay una ceguera de marco: analizar el poder desde categorías culturales en lugar de materiales. Se sobredimensiona al actor visible y se infravalora al que decide en silencio. El resultado es una crítica sonora pero inofensiva.

Conclusión

Fonsi y su banda pueden atacar a la «ultraderecha» si lo consideran, aunque cuando la ultraderecha critica a estos individuos en seguida hablan de delito de odio. Convertirla en el eje del análisis del poder es un error. Un error que distrae, polariza y protege a quienes realmente mandan.

Cuando el foco se fija siempre en quien grita y nunca en quien decide, conviene hacerse una pregunta sencilla y decisiva: ¿a quién deja fuera del encuadre?

Ahí suele estar la respuesta.

Y una vez obtenida esta respuesta uno considera que hay dos tipos: los pajilleros del poder, aquellos que a la pregunta de plata o plomo respondieron plata y con ello se mueven o los que su inteligencia es la justa para no mearse en los pantalones.

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